Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Manuela y a sus hermanos, todos judíos, que diría Arrabal. Luego Judá engendró, de Paco, a Pepi, y de Pepi a Pepe porque me toca. Ya se sabe que los extremeños se tocan, y si se tocan mucho, salen muchos extremeños. Pepe, de Antonia, engendró a Rut, Rut engendró, del Selu, al Cabeza, y así unos cuantos hasta Manolete, primero de los evangelistas.
Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, y como encima era noruego, se lo comieron. Luego tuvieron un niño humano normal y ya la cosa fue mejor. Le pusieron Eleazar, de Miriam engendró a Josafat, Josafat, de Carmina, engendró a Norberto Juan, que se quedó en Bertín, segundo y cabelludo de entre los evangelistas.
El tercero de los evangelistas fue engendrado de Madre Inmaculada. O eso le dijo su madre a la que llamaban Inma la Alegre. Le puso al niño Luis Ricardo, de apellido Borriquero.
Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Fernando, y como era más feo que un tiro de mierda se quedó soltero. Adoptó a Jacobo, que lo hicieron santo por su relleno de queso, y de Marta engendró a Luis, y de la Sole engendró…, engendro el que salió, al que llamaron González por don Felipe y don Mágico.
Así que el total de las generaciones son: un buen puñado desde Abraham hasta el día de hoy, unas catorce tirando por lo alto; luego la deportación de algún profeta interino de Babilonia (actualmente conocido como El Jardín de las Diablesas, carretera Dos Hermanas) y de ahí hasta verse las caras entre cuatro paredes que tiene un aula, pues echen cuentas. Que aquí la gente suele ser de letras, y no precisamente del Tesoro.
En esto Bertín, de rancia melena al viento y ojos color perro callejero, mira a su compañero González entre risas y le grita en su cara de Papá Pitufo (es decir, de vicioso sin afeitar):
-¡Eres un desalmao!
-Y tú un tarambana, y eso no te lo quita nadie –responde el increpado levantando dedo en alto cual Fernando Hierro señalando a un árbitro el camino correcto.
-Señores, haya paz, que somos los únicos que estamos aquí y andamos formando una bulla tremenda –media Manolete desde su mayor altura.
-Tú te callas que por tu culpa estoy más agobiado que Spiderman en un descampado –y diciendo esto se levanta Bertín con además de indignación.
-Tanto “ado” te hace parecer hasta “educado” –añade Luis Ricardo con retintín.
-Pero vamos a ver, criaturita –tercia de nuevo Manolete- que tampoco es para tanto. Tú, ¿estás seguro que estaba haciendo eso?
-¿El qué?
-Pues qué va a ser, julay, -vuelve a elevar su voz González con su rostro de minero turco empleado por una empresa austro-húngara- si el nota se la estaba cascando o no mientras tú hacías lo que hacemos los hombres de pie.
-Hombre, los hombres podemos hacer muchas cosas de pie –ríe Manolete.
-A mí no me dejan ni sentado… -suelta otra vez sibilinamente Luis Ricardo en cuya frente amplia brillan los tubos fluorescentes de la clase recordando que veranea en la Luna.
-Mira –finaliza como una sentencia Bertín- ese tío cose pa la calle. Y estaba yo ahí meando tan tranquilo y se escuchaban cosas raras detrás de la puerta. Vamos, que por la gloria de mi madre que éste tenía al tuerto con una mano y estaba intentando que vomitara.
-Anda que tú también eres fino –vuelve a sonar la voz de Luis Ricardo, que poco a poco sale de su ensimismamiento lector.
-En esta universidad –reflexiona con profundidad González- no hay más que jotos, soplanucas, truchas, julandrones, mamelucos…
-Y todo lo que usted desee, que diría el tapicero que va por la calle –apunta Manolete.
De pronto el aire parece más frío. Es de extrañar porque, aunque sólo son cuatro personas en un aula con capacidad para noventa (aunque matriculados hay cuarto y mitad más), al ser la XXX y estar los cuatro como borricos en primavera, lo normal sería que hiciera más calor que Batman en la playa. Y encima está entrando la primavera. Como primavera es el hombre de forma cupular y metro cincuenta que penetra en el aula por detrás, magnífica alegoría universitaria, moviéndose cual estatua de San Fernando o cualquier patrón local en una procesión del Corpus. Calva algo más que incipiente, ojos pequeños tras unas gafas de montura al aire y poblado bigote blanco. Es como Dios, pero sin lo divino, bien vestido, elegante, lo que viene siendo un tipo con clase. Sube al estrado, izquierda-alante, un pasito, otro. ¡A ésta es! Y se sienta en la silla. El butacón. Le falta la mesa camilla y una caja azul, metálica, con pastitas danesas como las de la Tita Agustina, la solterona de la familia. Largo es el tiempo del silencio en el que los mira.
-Lo de ustedes es francamente para mear y no echar gota.
-Tenía que salir otra vez el temita… -dice en voz baja Bertín.
-¿Cómo dice usted caballero?
-Nada, nada, no estaba diciendo nada.
-Claro, y yo tampoco.
El buen hombre, rojo de aspecto, pero sólo de aspecto, saca con parsimonia bizantina un manojo de folios amarillos de su cartera de piel, esos folios que todo profesor universitario niega tener. Son como los Reyes Magos, existir no existirán pero alguien pone ahí las cosas. Los mira de nuevo, suspira. Bien visto es como el Muñeco Diabólico digievolucionado en el abuelo de Los Diminutos.
-No tenía ni que haber venido. Yo sabía que siempre hay gente dispuesta a no ser nada en la vida. ¿Por qué no están ustedes por ahí revolcándose en el césped con sus compañeras en esas bacanales que montan ahora?
-Nosotros no somos muy de botellona, don Patricio –responde Luis Carlos pensando que ya tiene retranca que se llame así un profesor al que se le habla de entornos etílicos. Le faltaba apellidarse Guita y ser hijo de la Gitana.
-Ustedes de lo que no son es de lo que no hay –y ante semejante juego de palabras sin par, ni impar ni haber tomado alcohol, o eso creen, Manolete no puede evitar sonreír y apuntar la cita magistral en un margen del folio.
-Nosotros venimos aquí a cumplir con nuestro deber –dice González- aunque no se crea usted que no nos gustaría andar por ahí revolcándonos si alguna se dejara.
-Lo que demuestra que la vida social de ustedes es francamente –y dale con el Tito Paco- lamentable. Por no decir, mínima, exigua, atrofiada, absurda… -con cada epíteto parecían caerles piedras como si fueran mujeres adúlteras en mitad de ese oasis de libertad y democracia llamado Afganistán.
-Se ha quedado usted a gusto –replica Manolete.
-Ustedes… -suspira- ustedes… ¿qué hacen aquí?
-Venimos a dar clase.
-En todo caso a recibirla, porque ya quisieran ustedes darlas –momento en el cual Jordi Hurtado le habría concedido los primeros puntos del concurso. Eso en el caso de que exista.
-Razón no le falta –responde Luis Ricardo. –De todos modos, nosotros estamos ya en quinto, y queremos salir cuanto antes, a esa gente que está ahí todavía le quedan unos años.
-¡Ah! “la gente”… -parece que don Patricio tiene gana de repartir una de mero y otra de lomo a diestro y siniestro. –Pues mire usted, que esa “gente”, los que me he cruzado que iban camino de mear en las farolas, practicar fornicio en vehículos ajenos, vomitar hasta darse la vuelta y acabar lamiendo bordillos… yo creo que son compañeros suyos. De ustedes. Porque, si no, explíqueme usted esta ausencia.
La inquietud recorre los culos de los cuatro que, desde la segunda fila de las bancadas del aula, asisten estupefactos aunque ligeramente acostumbrados a la demostración de que tienen la vida social de un liquen. En honor a la verdad, no es del todo cierto, sino que…
-Hombre, la mayoría no han venido, no porque quieran tener vida social –interviene algo mosqueado pero divertido Manolete- sino porque la suya es muy miserable. Que para hacer todo eso siempre hay tiempo.
-Claro, es que ustedes se creen que por estudiar van a ser algo en la vida –zas, segundo round que Jordi Hurtado apunta victorioso en el saco de puntos de don Patricio. Fino, fino. –No sé para qué tienen tanta prisa por acabar la carrera. Más allá de la vida de estudiante, resígnense, no hay nada. Puede que el Paraíso si los crucifican. Ustedes se creen que cuando salen de aquí van a ser abogados, médicos, ingenieros, historiadores o alguno se creerá que puede ser hasta profesor. Eso es mentira.
-Entonces, según usted, ¿qué vamos a ser? –pregunta inseguro Bertín.
-¿Usted tiene novia? Perdón, pareja, porque hoy en día ya no se sabe…
-Sí, tengo.
-Pues entonces usted será funcionario, necesitará seguridad y una coyunda fija en casa. Usted, -dice ahora mirando a Manolete- ¿de qué equipo es?
-Yo, del Betis –responde con ese tono tan habitual del sevillano que lo dice como si acaso pudiera ser de otra cosa.
-Pues entonces usted, sea lo que sea, será un puteado de la vida.
-¿Y yo? –levanta las cejas y las comisuras de los labios González para preguntar.
-Usted… un niño chico, ¿no ve cómo pregunta como los niños “y yo, y yo, y yo…”? De usted, en cambio, -mira ahora a Luis Ricardo- me apiado. Parece tener fe y oiga, venga lo que le venga usted se lo va a creer.
De pronto alguien abre la puerta y todos se giran para mirar a la fermosa moza que entra en clase. González reprime en su interior su yo visceral que le pide gritar como si mascara tabaco “¡moza! ¿te apetezco?”, al tiempo que los otros tres, no educados en ningún chaparral, solamente miran. El profesor, estupefacto, pregunta:
-Señorita, ¿se ha equivocado usted de clase o viene a acompañarnos en el sentimiento?
-No –sonríe en su rostro moreno, demasiado para ser la fecha que es, enmarcado por su largo cabello rubio como el bote de tinte que se le ha desparramado encima- yo sólo vengo a recoger las cosas de una amiga.
-Por curiosidad, ¿y su amiga está incapacitada para tal acto?
-No, es que pensaba venir… pero…
-Está indispuesta ¿no? –le ayuda Luis Ricardo siempre cortés y caballeroso.
-Eso, eso –y la moza ríe nerviosamente mientras se lleva el dedo gordo a la boca como para morderse la uña. Finalmente coge las cosas y se marcha dejando en soledad a cuatro hombres y un ser que la mira con deseo aún en su ausencia.
-Esta universidad es surrealismo puro. Si es que además ustedes no saben ni divertirse. Antes nos íbamos a los guateques con un picú y nos hartábamos de escuchar Rascayú, a Gianni Morandi…
Los cuatro se le quedan mirando como un huevo que se encuentra con una tortilla. Porque lo peor de todo es que cada cual se ha imaginado a sí mismo ahí, en esa misma mesa, dando clase. Unos piensan que ser profesor, sobre todo de universidad, es poner cara de californicador, sí, de esos de no-soy-un-Juan Palomo del sexo (el que tengo es que me guiso y me como, y no me la como porque no me llego), y todas las chatis acuden a tu consulta-tutoría buscando carnaza. Luego la realidad es que no te busca ni el Google.
Otro de los cuatro, en cambio, se imagina a sí mismo ahí en lo alto, micrófono en mano, cual telepredicador de los tomates cherrys andaluces decimonónicos. La clase en silencio, las miradas de admiración, los suspiros de las jovencitas (es que ser deseado es demasiado humano y encima de Santo Tomás de Aquino, ahí es nada), toda esa cosa de alcanfor y alfombras que desprenden incienso.
Para el más sibilino ser profesor de universidad es adoctrinar a las masas. Ésta es mi verdad, y si no le gusta, pues a tomar por donde Cela absorbía líquido en cantidades industriales. Más que deseo, él inspiraría en las muchachas respeto, sobriedad, tranquilidad y ese puntillo de tirarte a un cura.
Para el último dar clase en la universidad es tan divertido como mirarse los cuartos de final del Festival de la OTI. Por eso se imagina a sí mismo cogiendo un bate de beisbol y abriéndole la cabeza al profesor, al que se la cascaba mientras él hacía lo que se hace de pie y a San Nani.
-Habrá que dar clase, digo yo… -suspira resignado el cupulín con bigote. Acto seguido los cuatro agarran sus bolígrafos alegrados por la idea de que, aunque asociales, al menos ellos tendrán apuntes y los demás no.
Eso debe pensar el profesor porque al tiempo les dice:
-Es que encima ustedes serán tan tontos de creer que estar aquí les va a dar rendimiento. Sobre todo de trueque. Sí, sí, no me miren así. Ahora creerán que van a poder cambiar esos apuntes por cosas, por favores, hasta por dinero, ¡o por mujeres! Que son ustedes unos sátiros de nivel. Ustedes se creen que el mercado es un cocodrilo, pero en realidad es una vaca, y andan todo el día confundiendo los términos.
-Cocodrilo… vaca… yo esto… no lo veo –replica González.
-Un cocodrilo blanco, con tetas y cuernos, ¿qué es?
Todos quieren decir “su mujer”, pero no hay lo que hay que tener. Por eso sigue hablando el maestro entre maestros:
-Pues eso les pasa, que ustedes se creen que viven con un cocodrilo, pero para que la vaca, que es lo que ustedes tienen entre manos –y Bertín empieza a hartarse de tanta similitud, leche-manos, vaca-tetas- se convierta en cocodrilo y devore como ustedes quieren devorar, hace falta mucho valor e inteligencia. Y de eso escasea.
Acto seguido, ante la magistral lección de economía para torpes, se levanta, recoge sus amarillos folios que nunca existieron y les grita:
-¡Váyanse a disfrutar de la vida! Con lo que les acabo de explicar tendrían ustedes que sacar para montar un banco, o para comerse un bocadillo de chorizo en la playa, lo menos.
-Es cierto lo que dice usted, señor don Patricio –añade Luis Ricardo.
-Y quien dijere lo contrario, miente –responde Manolete.
Y luego, como hombre mayor, incontinente, caló la maleta, requirió la espada, y al no tenerla, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Juerga Mater Hispalensis es una magnífica obra de humor, ficción, romántica, pornográfica, thriller, algo de novela negra y verdi-blanca, sobre la verdad de la Universidad, escrita por los ilustres Ricardo Rodríguez, Curro Huesa, Rubén Narváez y Carlos Corredera. Quienes estén interesados en ella, que visiten http://juergamaterhispalensis.wordpress.com/ o bien www.jironesdeazul.com, o bien hagan acto de presencia el viernes 2 de marzo a las 19’30 en el Club Náutico de Sevilla. Están todos invitados a la juerga… y a lo que surja.
“No puedo vivir sin ti”, Los Ronaldos




