Dice Aznar que lo mismo vuelve. El pensamiento inmediato es “bueno, pero primero tendría que haber elecciones”. No necesariamente, miren si no en Italia cómo colocaron al ¿ex? asesor de Goldman Sachs, uno de los principales centros de especulación que siguen promoviendo la crisis europea, como primer ministro. No harían falta elecciones si la situación es de “emergencia nacional”. No sería tampoco la primera vez que se saltan a la torera un mínimo maquillaje democrático.

El caso es que no me cabe la menor duda de que, incluso con elecciones, un gran número de españoles votarían a Aznar. Es una figura mitológica, como los unicornios, la oposición socialista o las armas de destrucción masiva. Ya sé que es un tema recurrente lo de la Guerra de Iraq, pero luego volveré sobre él para explicar por qué es importante tenerlo siempre presente. La cuestión, como decía, es que se ha creado un mito entorno a la figura del expresidente basada en la recuperación económica, principalmente, y en cierta sensación de estabilidad y prosperidad. Algo así como decir “una España como Dios manda”. Vayamos por partes.

El mito de Aznar se sustenta en su “milagro económico”. Pero la etapa de Aznar no fue de éxito económico, fue de crecimiento económico, y ni siquiera vino propiciado del todo por sus medidas. De hecho, la clave estuvo en la Ley de Fusiones Bancarias de la etapa anterior. El gobierno socialista anterior de Felipe González se enfrentó a una crisis económica global (el PSOE tiene la virtud de gobernar siempre cuando estallan estas cosas) derivada de problemas estructurales propios del país sumados a la situación mundial. Los socialistas habían dejado definitivamente de ser de izquierdas hacia 1987, y desde entonces alimentaron una serie de políticas totalmente neoliberales de las cuales Solchaga y Solbes fueron el exponente. 

La banca española fue creciendo desde los 60 mediante de la compra de entidades más pequeñas o bancos en dificultades. Las fusiones y adquisiciones ya existían, pues, en España, pero no del calado que tuvieron a finales de los 80. Éstas comenzaron cuando José Ángel Sánchez Asiaín y Pedro de Toledo unieron el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya en 1987. Un año antes Sánchez Asiaín diseñó un plan para iniciar el crecimiento del Bilbao mediante la fusión con otro colega de importancia. El estudio, llamado “el de los relojes”, se decidió por el “modelo CYMA” que comportaba nada menos que el asalto al Banco Español de Crédito. Banesto había perdido el primer puesto del ranking bancario español a favor del Banco Central, pero seguía siendo un gigante.

“En sus primeros contactos nadie en el Español de Crédito se le tomó en serio. Se dice que Sánchez Asiaín habló con José María López de Letona, hombre fuerte impuesto por el Banco de España, pero que no avisó a Pablo Garnica, presidente, con talante de propietario, de la entidad. Ante el fracaso de la breve negociación previa, Asiaín lanza nada menos que una OPA inamistosa —salvaje llamada entonces— para la compra en el mercado de la mayoría de las acciones del Banesto. Fue un gran escándalo.” (Banca15)

En medio aparece una figura fundamental, Mario Conde, abogado del Estado, gallego, socio de un financiero de toda la vida, Juan Abelló —hoy consejero del SCH— y que había reunido una importante fortuna por la venta de la compañía farmacéutica, Antibióticos SA. Conde fue elegido presidente del Banesto poco después de solucionado el ataque de Sánchez Asiaín. En breve tiempo, fue Conde quien consiguió desalojar a los representantes de las antiguas familias de banqueros que habían conformado durante muchos años el poder en Banesto.

Lo que López de Letona había intentado hacer con suavidad —y por encargo del entonces Gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, Mario Conde lo conseguiría sin esfuerzo gracias al hundimiento psicológico de todo aquel Consejo que entregó todo el poder a Conde y Abelló sin condiciones, aunque —eso sí— en ese tiempo había sorprendido que los dos personajes invirtieran una cantidad muy notable de dinero en acciones de Banesto.” (Banca15)

Antes de que se hubiera pasado la resaca provocada por la OPA del Bilbao contra Banesto se producía la fusión de los dos grandes bancos vizcaínos: Banco Bilbao Vizcaya (BBV), la primera fusión de la historia reciente de la banca española. Esto no habría sido posible sin el cambio político que había estado produciéndose en España.. Felipe González había ganado las elecciones de 1983 y 1987. Hasta entonces,  la UCD había mantenido las estructuras económicas y financieras desde los tiempos del franquismo (si bien la estructura cambió, no los actores de la misma cuyas oligarquías siguen siendo las mismas). Incluso, permanecían muchas leyes que limitaban la libertad de la actividad financiera, provenientes de la posguerra.

Resulta fundamental la figura de Carlos Solchaga, ministro de Economía y Hacienda de los Gobiernos socialistas durante muchos años que  tras la desaparición política de Miguel Boyer. Solchaga es un  neoliberal formado en la Escuela de Chicago (friednamita al ultranza), que entiende que el Estado debe ser empresario y limitar ciertos crecimientos. En Solchaga imperan más los principios estéticos que los éticos.

Para ir resumiendo la historia, aparece, tras muchas cuestiones, dimes y diretes, Francisco Luzón, otro de los que habían sido “cachorros” del presidente del Vizcaya, Pedro Toledo. Luzón , recibe el encargo de “privatizar” y fusionar desde dentro del Estado el conglomerado de bancos públicos que la Administración mantenía desde hacía muchos años. El principal de todos ellos era el Banco Exterior de España fundado originariamente para ayudar a las exportaciones y, en general, todas las transacciones exteriores. Era, prácticamente, el único que tenía autorización administrativa para ello. Tuvo bastante sentido durante los años de la autarquía del régimen franquista. En realidad, la ausencia de libertad en la circulación de capitales se había mantenido durante muchos años y sería el largo periodo de gobierno de Felipe González cuando se realizó una apertura sin precedentes en este sentido.

La clave estaba en la CEE. Para que España pudiera pertenecer a la moneda única y la futura UE, era necesario que se liberalizara por completo la circulación de capitales. El Banco Exterior de España (BEX) había ido creciendo en su vertiente de banca retail, al calor del crecimiento de toda la banca. Poseía la Caja Postal, una de las principales entidades de España, y bancos sectoriales como el Banco Hipotecario de España, el Banco de Crédito Local o el Banco de Crédito Agrícola estaban en manos de los ministerios que marcaban su especialidad. Luzón fundó con ello la Corporación Bancaria de España en 1991 y la bautizó con el nombre de Argentaria.

La Ley de Fusiones Bancarias de época socialista fue ampliamente aprovechada con la llegada de Aznar en el 96, sumado a un control fiscal y presupuestario, y por tanto del déficit de las cuentas públicas y a la privatización de las grandes empresas públicas como Argentaria. La ley española para fusiones implicaba un crédito fiscal de enorme importancia y que significaba el beneficio de varios años. Dicho ahorro de impuestos era, en la mayoría de las veces, una ayuda inestimable que tendía a corregir defectos y pérdidas de las cuentas de años anteriores. Lo que está claro es que sin la ayuda fiscal habría que pensar que la historia de las fusiones hubiera sido muy distinta.

 

El propio Rato reconocería que había sido Solbes quien había puesto las bases para una corrección del largo recorrido que los socialistas habían impreso al déficit, a la subida de impuestos y, por supuesto, a las devaluaciones. Bien puede citarse. Aparte de resolver problemas de competitividad y de déficit, las tres devaluaciones de Carlos Solchaga habían traído la costumbre de disparar contra la peseta, no contra el pianista. Y, en efecto, maniobras cambiarias internacionales que perjudicaban a la débil divisa española se hacían desde fuera y desde dentro. De septiembre de 1992 a mayo de 1993 se hicieron las citadas tres devaluaciones. La crisis económica había pegado duro en 1993 y en parte de 1994. Pero ya en 1995 las cosas pintaban mejor.

 

Entra también en escena Emilio Botín que había apoyado a Aznar cuando era candidato. Su premonición era que la privatización de las grandes compañías iba a relanzar el negocio financiero de los grandes bancos. Ciertamente, y ese fue un camino también de modernización de técnicas de mercados y del negociado de fusiones y adquisiciones. Fue el BBV quien quiso tomar mucho sitio en las futuras colocaciones de valores.

Entre 1995 y 1996 parece que las dos fusiones existentes no son suficientes. Se llega a sospechar incluso que Banco Popular estaba dispuesto a hacerse con el Central Hispano. Por otro lado, los rumores adjudican que Argentaria podría ser adquirido por el BBV. Todo el mundo niega tales extremos. La realidad demostró que se trataba de rumores locos. Sin avisar, como lo hacen los políticos, se hizo el cambio en Argentaria. Francisco González, personaje muy conocido por su trabajo en Bolsa, había tenido una boyante agencia de valores, sustituye a Francisco Luzón al frente de Argentaria. Y llegaron los cambios previstos por el PP, Miguel Blesa sustituiría a Jaime Terceiro en Caja Madrid; Juan Villalonga, asume la presidencia de Telefónica, y César Alierta es nombrado presidente de Tabacalera. Rodolfo Martín Villa se convertiría en presidente de la eléctrica Endesa, pero ya en 1997, tras un periodo de “cohabitación” del mallorquín Feliciano Fuster con el gobierno popular. Juzguen ustedes cómo ha ido acabando cada uno.

1998 marca el punto de partida de lo que sería la consecución de las dos grandes fusiones de la historia bancaria española, la del BBVA y la del BSCH. La clave estaba en la entrada en el Euro. Botín deseaba que el Santander fuera líder en Reino Unido y lanzó para ello una serie de productos “mortales” para la competencia, tal como las supercuentas. Pretendía ganar clientes, dinero, cuota de mercado y, al mismo, previsiblemente debilitar a sus rivales.

El 27 de febrero de 1998 la Comisión Europea declara que España cumple los principales requisitos para ingresar en la Unión Monetaria Europea (UME). El Gobierno de Aznar, y el equipo de Rodrigo Rato,  ha adecuado las cuentas públicas a los baremos exigidos por la Unión. Desde luego, para la banca española —comenzando por el Banco de España— se acoge la noticia con preocupación, pero con esperanza. Hay mucho que hacer para prepararse para la nueva situación.

Un año después, en enero de 1999 se anuncia, casi por sorpresa la fusión entre el Santander y el Central Hispano. Botín abre el acto con, más o menos, estas palabras: “Nace el banco del Euro”. Y, en efecto, el 1 de enero de 1999 España se incorpora al Euro y se inicia la tercera y última fase de la Unión Monetaria Europea, al ceder los países miembros sus respectivas políticas monetarias al Banco Central Europeo.

La fusión entre el Santander y el Central Hispano aceleraría los intentos del BBV de fusionarse con la Argentaria de González. El 15 de octubre de este año de 1999 se anunciaba, por fin, la fusión entre el BBV y Argentaria. Clave sería también el año 2000: se produjo  la adaptación a la política fiscal, presupuestaria necesaria para igualar los parámetros del Tratado de Maastricht. Bancos y cajas se preparon para abrirse a un tiempo de tipos de interés extraordinariamente bajos, cosa no fácil y nunca visita en nuestra industria financiera.

Con el nuevo siglo el aznarismo se encuentra en pleno apogeo. España tiene un sector financiero descomunal fruto de la entrada de grandes cantidades de activos procedentes de los bancos alemanes, principalmente, que tenían unas cantidades ingentes de dinero para prestar. En lugar de canalizar esa potencialidad hacia la renovación del tejido industrial (se dijo entonces, y se sigue diciendo por parte de algunos sectores ideológicos que esto era un atraso, pero Alemania sigue adelante, entre otras cosas, porque tiene una potente industria con un alto nivel tecnológico que le permite exportar a un ritmo endiablado) y a la investigación, el gobierno de Aznar propició una nueva, y nefasta, Ley del Suelo. Esto llevó a la creación de la Burbuja Inmobiliaria cuya consecuencia fue un crecimiento desorbitado en poco tiempo y con un tejido económico muy frágil. Nada de I+D+i, ni renovación de la industria, ni nada. Ladrillo.

Dicho de otra forma, el mito de Aznar se sustenta en la gran mentira, en haber dado a los españoles, como supuestamente dijo María Antonieta a las masas hambrientas de París en 1789, “pasteles en vez de pan”. El modelo económico aznarista degradó la enseñanza porque, al inundar de dinero el trabajo no cualificado, grandes masas de población se entregaron a éste como medio para tener grandes coches y casas sin pasar por el aro de una formación elevada. Principalmente porque esa formación a lo que te llevaba, y te sigue llevando, es a irte del país o a vivir de beca en beca, cuando la hay.

No fue el único, por supuesto. Su sucesor, Rodríguez Zapatero, tampoco acometió la necesaria reforma del país. España necesita desde hace décadas una definición exacta de su modelo territorial, bien completamente federal bien completamente centralizado, pero no un híbrido absurdo que lleva a una enorme duplicidad en las administraciones. Este problema territorial ralentiza la apertura de nuevas empresas y permite, a su vez, la persistencia de una red clientelar entre la casta política y la económica en las regiones. Andalucía es un caso paradigmático junto a Cataluña. Aznar no se atrevió, como tampoco Zapatero ni Rajoy, a permitir a la inspección de Hacienda intervenir en las empresas del IBEX-35. De esta forma han permitido de facto un paraíso fiscal encubierto para muchas de estas empresas que han comprado, bajo amenazas (hace poco los propios bancos advirtieron al PSOE que si seguía con su deriva ideológica “radical” podría no ver refinanciados sus préstamos) o directamente usando su influencia.

           

Ésa sí es la herencia recibida de Aznar, un expresidente cuyo mito se basa en mentiras y en la mediocridad de quienes tenemos en el presente, tanto en quienes gobiernan como en las alternativas.

Que dice Aznar que vuelve, si eso. Ya no saben cómo echarnos del país.

 

Una época de angustia (II)

Publicado: 11 mayo, 2013 en Sin categoría

La crueldad en la que muchas personas se han asentado, fruto del individualismo y del miedo, tiene que ver con la mentira. El alcohólico que reconoce que lo es pero su forma de afrontarlo es negar que lo es. Suena a imposible, o a estupidez, pero todos los días nos encontramos con mucha gente que practica estas incoherencias. La más habitual tiene que ver con la sinceridad, aquello de "yo soy una persona muy sincera y digo las cosas a la cara", pero luego no es así. Y aunque les demuestras que no es así, y pueden reconocerte que no lo hicieron así, siguen pensando que lo son. En parte tiene mucho que ver con el hecho de que perciben que puedes desmontarle su mentira, el mundo en el cual llevan años viviendo y se han asentado.

 

La mentira de haber idealizado un pasado anterior, en el que erraron, y como cometieron un error que no se quieren perdonar, no perdonan ninguno ajeno. Para perdonar, primero debes perdonarte a ti. Y los errores del pasado no son más que eso, pasado. El miedo a que cometan contigo esos mismos errores, o a volver a repetirlos, al final no son más que un lastre, y una enorme mentira. Porque el pasado y el futuro son sólo mentiras que nos vamos creando. Además demostrado científicamente. Nuestro cerebro no recuerda, ni siquiera el de la mujer cuyo hipocampo es más activo que el del hombre. El cerebro "crea" recuerdos mediante la memoria declarativa. Almacena sensaciones, alegrías, temores, ira, peligro, placer, guarda emociones que luego vuelve a construir cuando queremos echar mano de ello. Pero, incluso en el más vívido de los recuerdos, se trata de construcciones que hacemos a través de lo que realmente vivimos, de lo que luego hemos pensado sobre ello, de lo que nos contaron otros sobre cómo fue y, sobre todo, de lo que nos gustaría guardar como recuerdo. Probad a recordar sobre vuestra infancia y mirad lo fácil que es recrear vuestros recuerdos como si os vierais desde fuera.

 

La mentira, el miedo y el individualismo, sumados, dan lugar a la crueldad cultural. Una persona que se encuentra por completo vacía se niega a dejarse llenar de las experiencias ajenas, se limita a escuchar como el psicólogo, usando una metodología, unas herramientas, y elaborando luego un diagnóstico, pero ¿realmente esa persona necesita que le estén preguntando continuamente "para qué, por qué", etc? A lo mejor lo único que necesita es ser escuchada y de escucharse surge su propia reflexión. Porque luego te escuchará a ti y podréis aprovechar las experiencias ajenas para sentirlas como propias y seguir caminando. En cambio, en los últimos tiempos sólo veo gente que exige ser comprendida y escuchada y se niega a comprender y escuchar (de verdad, no sólo poniendo la oreja) a los demás.

 

Esto tiene que ver, como es lógico, con el desprecio que el individualismo está llevando respecto a los sentimientos ajenos. Se pide mucha comprensión sobre los sentimientos propios, a veces escudándose en argumentos biológicos. Pongamos una situación: el hombre es violento (físicamente) por naturaleza y tiene tendencia biológica a procrear para mantener la especie. Si mañana alguno se levanta se para una pareja que pase por la calle, le da dos hostias a él y se calza a la muchacha, ¿podría luego decir "es que me tienen que comprender, ¡soy hombre!"? Para eso está la represión cultural, el matrimonio (o cualquier forma de unión monógama) como forma de repartirnos, etc. Si esto está claro, ¿por qué no lo está el hecho de que "como yo soy así" me tenéis que aguantar y punto?

 

Las mujeres son las primeras que deberían luchar por el tipo de valores que se les atribuyen socialmente y que se potencian desde muchos medios, la literatura, el cine, la televisión, etc. Ser mujer implica tener un cerebro holístico, con una enorme capacidad para moverse entre los grises, no como el hombre que se mueve en blancos y negros. Ser mujer implica continuidad biológica y eso es un valor de vida maravilloso. Implica una enorme capacidad de coordinar equipos, de sobreponerse al estrés, de implicarse en proyectos. Sin embargo, la estupidez y el individualismo está haciendo que la sociedad esté encantada de conocerse por el simple hecho de que aceptamos que ser mujer es tener "comportamientos anómalos" según la parte del mes en la que se esté. O pensar hoy una cosa y mañana la contraria. ¿Ser mujer es sólo la menstruación y cambios hormonales? Entonces, ¿ser hombre es sólo eyacular y pegarse en un partido de fútbol?

 

Los argumentos fáciles son el pasto para los hambrientos que no quieren comer. Lo dice la Dra. Brizendine en El cerebro femenino. Una cosa es que aceptemos que las variaciones hormonales pueden afectar al comportamiento, y otra muy distinta que la mujer no esté capacitada para superar un elemento puramente biológico a través de la parte intelectiva de su cerebro. Claro que, es mucho más fácil refugiarse en la excusa.

 

La excusa para el individualismo egoísta devuelve todo de nuevo al mismo punto: la crueldad. Negar tu existencia, tu aportación a la vida personal de alguien, sobredimensionar los errores para ocultar cualquier virtud. Vivimos como decía Dodds, "una época de angustia". Pero, incluso en la crisis social y de valores de finales del siglo II, lo que emergía era un nuevo equilibrio entre comunidad e individuo. Hoy, en cambio, lo que se está asentando es una huida continua. Un refugiarse en los propios muros (éste es mi castillo, y el que quiera que viva en él y el que no puerta, camino y mondeño), no perdonar nada a los demás (o eres de 10 o eres de 0), un exigir mucho y no dar nada (como excusa para ocultar que no se perdonan los errores propios y eso provoca que no se perdonen los ajenos) y un nivel de cinismo (no ironía, que es algo diferente, el cinismo es desvergüenza en el mentir o en la práctica de acciones despreciables) con límites insospechados.

 

Eso lleva a que la gente exija honestidad y sinceridad a los demás, pero no la asumen como un valor propio. Por eso acaban rodeadas de personas superficiales, que no van a profundizar nada en sus vidas, que se limitarán al espectáculo de fuera, al gran teatro del mundo. La joie de vivre de una adolescencia inventada (antes no existía realmente la adolescencia a nivel cultural, se pasaba de la infancia a la juventud con un rito de paso y santas pascuas) para perpetuarnos en no tener que adoptar posturas responsables. Ni responsabilidad con las consecuencias de nuestros actos, ni responsabilidad con los sentimientos ajenos. Yo soy así, a mí nadie me comprende, y por eso está justificado que ignore tus sentimientos, o incluso los míos propios, y me refugie en las sonrisas prefabricadas. Porque lo que provoca esa actitud es que acabes junto a personas vacías y superficiales mientras alejas voluntariamente a quienes podrían llevarte, interiormente, a lugares que desconoces.

 

Al abismo. Pero claro, para mirar al abismo interior, hay que tener en cuenta que éste siempre devuelve la mirada. No puedes perdonar, si no te perdonas. No puedes amar, si no te amas. No puedes comprender, si no te comprendes.

(Se puede descargar la versión completa de los dos posts aqui https://mega.co.nz/#!A1ZhgK4A!Zr2-hjrYJHEp_TRCypw9ryfQNww2k1G3J8Kk9I8yuXc)

Illusion and Dream, Poets of the Fall

Una época de angustia (I)

Publicado: 9 mayo, 2013 en Sin categoría

La violencia es biológica, de cualquier tipo, y constituye una reacción casi instintiva. La crueldad, en cambio, es más fría, más cultural. Nos equivocamos muchas veces al pensar que la vida es cruel. No puede serlo. Las personas pueden ser crueles, porque deciden cómo actuar, deciden cómo responder ante determinadas situaciones. Deciden como comportarse. La vida puede ser violenta. Puede ser que nazcas en una chabola, o que desarrolles una enfermedad autoinmune que te destroce, puede ser que te someta a una violencia, una ofensa, un ataque continuado o de vez en cuando. Pero no es cruel. Para ser cruel, hay que decidirlo. Eso lleva a una cuestión evidente, ni la tortura es crueldad. La tortura es violencia. La crueldad más evidente es el ninguneo, cuando obvias a una persona, cuando la conviertes en absolutamente nada. Cuando no reconoces su existencia, aun dándose.

 

Lo he hablado con varias personas que se han dado cuenta de lo mismo. Desde hace algún tiempo el mundo, especialmente el nuestro, se ha vuelto especialmente cruel. Cuando digo "el mundo" no es una entelequia para exculpar a personas concretas, sino para no hacer una lista. Cada uno tendrá su propia lista de personas a las que señalar. Me preguntaba desde hace tiempo cuáles eran los motivos para que se produjera, en diferentes situaciones, con circunstancias que iban de lo personal a lo laboral. Y de una interesante conversación salieron varias conclusiones: el egoísmo-individualismo, el miedo y la mentira.

 

Corremos el riesgo de relacionar rápidamente la crisis con el egoísmo-individualismo, e incluso al capitalismo. Sin embargo, hemos atravesado épocas de crisis humanitarias incluso en nuestro propio país, crisis que han vivido nuestros abuelos o padres en algunos casos y en las cuales la crueldad tenía otro nivel porque se aplicaba desde la comunidad al individuo, y no al revés. Más que el capitalismo, que en otros lugares se aplica en comunidades donde sus miembros se apoyan unos a otros, tal vez sea el neoliberalismo, pero sobre todo la crisis de valores humanos, la que nos ha llevado a esta situación. Hablando con gente de diferentes sitios y edades me cuentan cosas semejantes: nunca habían visto un individualismo tan exagerado. Mucha gente se ha refugiado detrás de sus propias murallas, convertidas en prisiones, se han refugiado en la excusa del Yo, del "tienes que aceptar como soy yo", gente que pide ser aceptada con sus errores y virtudes pero que son incapaces de aceptar los errores ajenos. Acepta como soy yo pero yo no acepto cómo eres tú. Se ha olvidado aquello que decía Ortega de "yo soy yo y mi circunstancia" por "yo soy yo y a mi circunstancia que le den".

 

El individualismo egoísta está provocando un curioso efecto: exigirlo todo, no perdonar nada. En todos los niveles. Una relación, laboral, de amistad, de pareja, sólo puede funcionar si se comparten los defectos. Es muy fácil compartir las virtudes, a todos nos agradan ese tipo de cosas. Pero lo que hace que se establezcan lazos sólidos y de confianza es compartir los errores. Si conoces las virtudes y cuando ves un error conviertes a esa persona en la nada más absoluta, entonces es crueldad. Y cobardía.

 

El miedo juega en esto un papel fundamental. El individualismo surge de la inseguridad, y eso me recuerda mucho a la gente que, en el fondo, está completamente vacía. Todo lo que haces fuera de ti, son cosas de fuera. Las experiencias propias y ajenas, si no dejas que te llenen, no son nada. Eso es algo agotador, por eso es muy fácil estar continuamente haciendo cosas sin compromiso, sin establecer relaciones emocionales ni con las cosas que haces ni con las personas que los haces. Porque si no te implicas entonces puedes estar siempre buscando nuevas experiencias. Eso, al final, lo único que te lleva es a la superficialidad, y al espejo de Dorian Gray.

 

La honestidad ajena, ya lo escribí una vez, da miedo, porque actúa como un espejo de nuestras vergüenzas. Antes la princesa buscaba un guerrero al cual domesticar poco a poco y meter en el palacio. Gustaba de enseñar y presumir de cómo había derribado sus murallas, de lo bien que peleaba y él aceptaba dejar la guerra para acomodarse a la vida de palacio. El descanso del guerrero. Ahora, las princesas buscan guerreros ya cocinados, no quieren que asalten sus murallas, sino comprarlos o que cojan un ascensor y se metan dentro. No quieren ni conocer ni arriesgarse. Quieren vivir en la misma mierda en la que ya están. Hay que ir más allá de las palabras, no estoy hablando de mujeres entregadas a hombres que las rescatan. La "princesa" es una metáfora social, ya sea hombre o mujer, de cómo la gente no quiere arriesgarse a compartir y trabajar los errores, sino lo quiere ya todo hecho, entregado en bandeja y si puede ser con un lazo.

(continuará…)

Bitch, The Rolling Stones

Puerta, Camino y Mondeño

Publicado: 19 abril, 2013 en Sin categoría

Hace un año de una cosa. Hace siete de otra. Y hace doce de otra más. Las mismas caras, las mismas gentes, las mismas excusas. Los mismos idiotas. Creo que es necesario, a veces, tomarse un tiempo de reflexión y es lo que voy a hacer en las redes. Me quedaba el blog. 412 entradas en 8 años, y a pesar de todo lo más recordado es haber llamado hijo de puta al Presidente. Ya ves. Ni las entradas bien documentadas sobre economía, o sobre el funcionamiento del cerebro femenino y el masculino respecto a la vida y la muerte, ni los fragmentos de las diferentes novelas. Agitas un hueso delante de unos simios y éstos saltan y saltan. Creo que es necesario una cuarentena, una travesía por el desierto. Demasiados gilipollas y yo sin balas.

 

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En general, la sensación que tengo desde hace meses es el nivel de exigencia, en lo personal, está por encima de lo que la gente se exige a sí misma. Te encuentras con amigos, jefes, aspirantes a pareja, pretendientes, familiares, que dicen haberse vuelto muy exigentes, muy rigurosos, muy estrictos. Vienen de situaciones en las cuales les han engañado, embaucado, han causado dolor y se lo han causado. Les han tomado el pelo. Les han mentido y han tenido que mentir. Vienen exigiendo honestidad, sinceridad, y un montón de cosas que tú tienes que aportar, pero que ellos no piensan aportar ni mucho menos. Tú tienes que estar al 100%, no se te permite ni un mínimo de margen de error, e incluso cuando lo consigues, cuando rozas la perfección y sabes que es difícil hacerlo mejor, se te castiga. A veces es porque no se valora que, al fin y al cabo, eres humano y tienes tus límites. Otras veces, quien te exige la perfección no se exige nada a sí mismo, no aporta nada, simplemente "está". Tú tienes que medir tus palabras, cuidar tus gestos, ser encantador, mind-opened, y mantener ese nivel de "honesta hipocresía" que hace que todos nos veamos tan encantados con nosotros mismos. Pero, el más mínimo error, se te castiga como si hubiera sido trascendental.

 

Sucede que, últimamente, la gente tiende a exigirte que para llegar a ellos tengas que subir una montaña, a pulmón, sin ayudas, sin cuerdas, con tus manos. Cuándo, dónde y cómo ellos digan. Y puede que llegues a la cima, te agaches un momento a coger aire y oh, vaya, ese gesto no ha gustado y te tiran con una facilidad que parece que cayeras por una colina. Gente que exige muchísimo a los demás pero luego no se exige nada a ellos mismos. La gente ya se sabe.

 

Se trata de que acabas pagando por los errores de otros. El pasado es pasado, y el presente es presente. "Sólo se nos puede privar del presente, puesto que éste sólo posees, y lo que uno no posee, no lo puede perder." (Marco Aurelio, Meditaciones, II, 14). La vida se repite si dejas que se repita. Y cuando la desilusión o el miedo del pasado condiciona el presente, te estás robando. Y lo peor, estás jodiendo a la gente que entra en tu vida en el presente. Si crees que todo el mundo es un hijo de puta, suicídate y déjanos el aire (y la prestación por desempleo) a los demás. De lo contrario, atrévete y deja de excusarte diciendo "es que en el pasado…" mientras se te llena la boca diciendo que tienes muchos proyectos de futuro y que hay que vivir el presente. Gente que dice vivir el presente y no deja de actuar condicionada por el pasado. La gente, ya se sabe. Te mueres un día, preocúpate por todos los demás.

 

Al final, se te exige mucho. Se te pide que tú, al mismo tiempo, exijas poco, que seas comprensivo. Te dicen cuánto vales, lo bien que lo estás haciendo. No aceptamos que, con frecuencia, merece más la pena cuando asumes las estupideces ajenas, cuando compartes los errores. Pero vamos a suponer una cosa. Pongamos que tienes un hijo. Que te has pasado 364 días diciéndole lo bien que se ha portado, los esfuerzos que ha hecho para sacar buenas notas, para no pelearse con sus compañeros, para no dar una mala respuesta, para ser educado. Y la tarde antes de su cumpleaños el niño ha tenido un mal gesto y al día siguiente le dices que por eso se queda sin regalo. Y que lo mismo hasta lo das en adopción. ¿A que hay que ser muy hijo de puta para eso? ¿a que sí? Pues mirad cómo exigís y a lo mejor os veis reflejados.

 

La gente no recibe lo que merece, recibe lo que recibe y nada puede evitarlo.

 

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"Todo el mundo miente, lo que cambian son las circunstancias". Suele ser habitual escuchar a la gente reclamar honestidad y verdad. Sinceridad, dicen. Pero sin contrato social, sin esa justa armonía entre lo que decimos y lo que callamos, el mundo se vendría abajo. O estaríamos como bestias todo el día practicando sexo y comiendo, lo cual, bien visto, sería la hostia. También se confunde el decir lo que uno piensa con ser directo. Se pueden decir las cosas sin tener que humillar a la gente, y se pueden escoger bien los momentos y las palabras. Si lo que quieres es aplastar a otra persona con argumentos, ni te empeñes en la verdad. Si lo que quieres es ayudarle, piensa bien cuándo y cómo puedes hacerlo.

 

Sin embargo, lo peor es cuando la gente se miente a sí misma. Se bloquean las emociones, los sentimientos, por el miedo. El miedo y los complejos. La honestidad bien entendida empieza por uno mismo. ¿Cómo puedes pedirle honestidad a los demás si no eres capaz de tenerla tú? Es cierto que, en su mayoría, la gente acaba moviéndose por egoísmo. Promueve la honestidad sin saber en qué consiste, o la sinceridad, porque creen incluso que diciendo lo que piensan están justificados para que pase lo que sea. Ir como suele decirse con la verdad por delante no justifica que puedas escapar de las consecuencias. Crees que puedes, pero no puedes. Porque no puedes construir tus propias reglas morales. Si no, no viviríamos en sociedad.

 

Luego es curioso cuando la gente pide sinceridad y honestidad, pero no lo es a la hora de asumir las respuestas. La gente no quiere hacerte preguntas porque saben que muchas veces  no podrían soportar la respuesta. Asumen esa amable hipocresía por la cual tú seleccionas la cantidad de verdad que cuentas y así todos vivimos felices y contentos. O lo aparentamos.

 

En parte esto tiene que ver con lo que hablaba de la exigencia antes. No hay amor incondicional, hay necesidad incondicional. Se satisfacen esas necesidades y tal vez, así, se cumplan ciertas cosas. El amor, en cambio, tiene condiciones. Ahora bien, no puede tener tantas condiciones que parezca un plan a seguir. No hay planes de calidad para las emociones. Por mucho que nos empeñemos.

 

Sólo se ignoran dos cosas, las que no son importantes y las que deseamos que no lo sean. Y desear nunca funciona.

 

 

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Las cosas cambian, no mejoran porque sí. Hay que hacer que mejoren, no quedarse esperando que mejoren porque sí. Pero ello exige compromiso, con uno mismo y con los demás. El problema viene cuando no estás lista para comprometerte porque planificas el fracaso. Tienes más medidos los tiempos del desastre, de que todo saldrá mal, de que te van a decepcionar, que aquellos en los cuales puedes disfrutar y crear nuevas cosas. No se trata de ser positivo a ciegas, como un idiota. Se trata de asumir que hay cosas que no pueden arreglarse y sólo puedes pasar página. No se puede llegar a la felicidad por el camino erróneo, enterrando el dolor.

 

Si quieres cambiar no seas un cobarde, no te enclaustres en tus propias justificaciones. Nunca pierdes el control porque nunca te arriesgas, y si no lo haces no sabrás a dónde puedes llegar. Decir ‘no puedes hacerlo’ no es un buen argumento. Ni siquiera es un argumento. Es como estar muerto. Y morir es sencillo, vivir es lo difícil.

 

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Recuerdo que en un momento dado surgió la posibilidad de hablar con la gente por internet. Primero por mail, y eso llevó al uso de Messenger. Ahí todavía había algo directo, le pasaba como el chat, porque al principio lo usabas para comunicarte y quedar. Pero pronto se utilizó para que quienes no tenían capacidad para decirte las cosas a la cara lo hicieran utilizando el "espejo sin anverso". El mundo virtual actuaba, actúa, como el espejo en el Orfeo de Cocteau. Es un mundo al que puedes entrar y salir, sabiendo que tendrá sus consecuencias pero el hecho de usar la palabra escrita (que implica reflexión) para la transmisión de pensamientos que debieran ser orales mezcla los canales, los medios, y acaba generando un mundo confuso. Es un mundo terriblemente femenino, lleno de infinitos grises, y es un mundo donde las mujeres suelen moverse magníficamente mientras nosotros sólo la cagamos. Los hombres pretendían follar usando el Messenger y las mujeres tener "amigos sinceros". No voy a quejarme, una de las mejores personas que conozco se soltó hablando conmigo por chat y se convirtió en una gran amiga. De lo otro no hablemos, una vez casi salió y tuve que soportar como el niño aquel que decía antes, el que está todo el año portándose bien y le dicen el mismo día de su cumpleaños que se ha portado mal un día. Un día, una habitación.

 

La cosa luego progresó, vino Facebook, Twitter y todo eso. Recuerdo Hi5 y otras, horrores como Tuenti, etc., un cúmulo de mierda en realidad. Por un lado resulta absurdo quejarse de lo que son. Facebook no es más que un inmenso pueblo, es exactamente igual que esas comunidades donde todos se conocen, saben de qué pie cojean, con quien van, con quien entran y salen. Es más, en el fondo te permite estar o no si quieres, no es obligatorio y puedes cambiarte de nombre o no aceptar a determinadas personas. Lo mismo sucede con Twitter. Nadie te obliga a decir ciertas cosas. El problema es el mismo que con Messenger, que es palabra escrita y la gente lo usa como si fuera oral. Y sin el tono, el timbre, la situación, es muy fácil sacar las cosas de contexto, y de quicio. Facebook es el pueblo, Twitter es la plaza donde ponerte a dar voces. Badoo es el puticlub y Tuenti el instituto.

 

Pero todo eso es virtual. Las ciudades grandes me parecen fantásticas precisamente por el grado de intimidad que permiten. Porque son impersonales y nadie conoce a nadie. Las redes sociales basan su éxito en el miedo que tiene la gente a ese mundo desolado donde nadie te echa cuenta. Donde necesitas pertenecer a algún estereotipo social, donde necesitas pensar que eres diferente uniéndote a otros tantos que piensan que, igualmente, son diferentes. Y van en sus "comunidades de diferentes" riéndose de lo comunes que son los demás. Las redes sociales alimentan la sensación de que no estamos solos, de que puedes estar sumido en la miseria personal más grande y un simple mensaje de Whatsapp, un comentario en Facebook, una etiqueta, un reply, es que alguien se ha acordado de ti. Pero si alguien se acordara de verdad de ti te llamaría, quedaría y se tomaría un café contigo. Al final las redes sociales crean un mundo artificial que nos permite vivir de forma artificial y no se nos pide que nos sobrepongamos a nuestros miedos y complejos…

 

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…porque al final todo consiste en eso. Los miedos y los complejos. ¿A qué tienes miedo? ¿tienes complejo de inestable, de no saber elegir? ¿miedo de la soledad o complejo de culpa? Mientras te refugias en los miedos y los complejos, sin afrontarlos, la vida no es cómoda. Sólo es aparentemente cómoda.

 

 

"Estaba hablando de ti, no en concreto, sólo de putas e hipocresía" (House)

‘You don’t know my mind’, Hugh Laurie

Ya van tres novelas y me sigo preguntando todavía que para qué escribo. Y siempre me acabo respondiendo lo mismo. Creo que lo hago porque lo necesito. El chamán, donde mejor se siente, es metido en la cueva. Ya van tres novelas que transcurren en paralelo a cosas que van pasando en la vida. Puede que sea una consecuencia lógica, y sean como terapia para sobrellevar los miedos y complejos que vas teniendo. Los que todos tenemos. Las tres tuvieron circunstancias vitales parecidas, y parecían, como dice al final de ésta, que "el final es el principio". Pero lo cierto es que el final nunca es el principio, porque después de todos estos años, al final lo único que te encuentras es que se repiten "las mismas caras, las mismas gentes, las mismas excusas". Una frase que aparece en todas ellas, y que se refiere al ciclo en el que vivimos inmersos. Van cambiando las personas de las que a veces nos rodeamos, pero son precisamente las que cambian las más inmutables. Tu familia, tus amigos, aquellos que permanecen cerca de ti durante años, y que te soportan y te conocen, no siempre en este orden, son los que más cambian, los que, cuando la vida te para de golpe (y porrazo) vas viendo en evolución. En cambio, sucesivamente van viniendo personas que son como un simple cortocircuito de luz en mitad de dos instantes de oscuridad, que decía Nabokov. Esas personas no están destinadas a quedarse, a veces porque hay personas que no estamos preparadas para llegar a casa y que alguien te reciba con "hola, ¿cómo ha ido el día?" mientras te sientas en el sofá con un vaso de agua y el televisor dando las noticias. No es una maldición de chamán ni nada parecido. Los hay que se casan, tienen hijos y viven una vida de silencio y felicidad.  Es que simplemente, en ocasiones es así.

 

Esas personas aparecen en La lluvia de dientes, un instante inmutable donde los personajes se han movido muy lentamente, han evolucionado en sus vidas dando pasos lógicos, pero todo pasos en espiral. Nunca han sentido la necesidad de romper con sus estructuras. Se miran unos a otros, se ven reflejados en los demás, porque ven que el estatismo del resto es su propio inmovilismo. El miedo a avanzar. Aquello que creemos que nos libera es precisamente aquello que nos ata. En un momento dado, uno de los personajes le dice al otro que "cuando toda tu vida queda condicionada por un instante es que has fracasado". Al empezar a escribir esta novela, mi idea era precisamente reflejar cómo la vida puede quedar parada en un día, una habitación. Nunca pensé que estaría tan cerca de experimentar esa sensación. Empecé a escribirla un 19 de enero de 2011 en un tren que me llevaba de San Fernando (Cádiz) a Sevilla. Volvía de trabajar, abrí mi portátil y recreé una conversación más o menos real que me había hecho cierta gracia. Luego pensé en el primer personaje que habla, T., alguien que cometió un delito y por el que toda su vida queda condicionada. Me parecía un personaje interesante, principalmente porque es brutal, directo. Es un salvaje, y no es un buen salvaje. Es un hijo de puta. Pero es simple. Y es imposible de cambiar, porque aunque haya pasado por la cárcel, aunque cumpliera por su condena, la volvería a cometer porque la biología se impone.

 

Esa idea de una biología que a veces no puede ser reprimida por la cultura me llevó a A., otro de los protagonistas. Un día, una habitación. Sartre diciéndome que el infierno son los otros. En La lluvia de dientes, al final, lo que se iba incorporando en aquellas primeras páginas, es la idea de que la vida sólo consiste en el momento en el que estamos y las personas que están en ese momento. Encerrados en una habitación en la cual el infierno son los otros, y nosotros somos, a su vez, el infierno para esas otras personas. Si no nos soportamos, la supervivencia es imposible. Supongo que las circunstancias vitales me hicieron abandonar el proyecto entonces, porque me negaba a aceptar que eso pudiera ser así. Estaba en una habitación con una persona que no podía pensar que pudiera ser un infierno para mí. Y, sin embargo, aquellas primeras veinte páginas parecían casi una profecía. Cuando tiempo después las he vuelto a leer casi asusta ver la precisión con la que se relatan los acontecimientos. Una verdadera profecía.

 

No es que los chamanes seamos profetas. Es que el cerebro intuye y enlaza evidencias de forma inconsciente. Verdades que el chamán lleva a una canción, un poema, un libro, un cuadro, los plasma y ahí los deja. Eso lo pensé cuando vi por primera vez Premonición de la Guerra Civil de Dalí. Hay cosas que están ahí, y te niegas a aceptarlas, te niegas a ver que puedan ser así. "No, no es posible", te dices, y saludas y sonríes. Alargas el infierno vistiéndote como si vivieras en el paraíso. Sin embargo, no es el entorno, son los otros. Un día, en una habitación, el infierno se quitó el velo y apareció en todo su esplendor. Ése fue el momento. Después de aquello, hace unos meses, todo parecía más claro. Y las siguientes doscientas páginas vinieron por añadidura.

 

Encontrar el camino para resolver una novela es apasionante. Ésa es la mayor influencia que me deja de House M.D., la búsqueda metodológica por resolver la comprensión del ser humano. La vida como un hecho descarnado. Como suele suceder, hay series y películas que me influyeron e inspiraron a la hora de escribir esta novela. Twin Peaks es tal vez la más importante, principalmente porque el ambiente en el que se recrea todo es la de un pueblo muy semejante, relativamente grande pero no tanto como para ser una ciudad. Un lugar opresivo, como en Terciopelo Azul, de personas que se conocen desde hace años, y que ocultan sus miedos y sus complejos porque saben que los demás, en el fondo, los conocen. También hay algo de 21 gramos, apenas unos trazos relativos a la forma en la cual las vidas ajenas pueden quedar entrelazadas por tragedias mundanas. Sin embargo, no me gustaba el exceso dramático de Iñárritu, quería que fuera una novela más moderada.

 

Tal vez sea la novela con menos influencia literaria de todas. Las dos principales, por no decir las únicas, tienen que ver con Thomas Pynchon y con Sartre. Del primero no puedo negar la complejidad de usar personajes cuyos nombres importan poco. De hecho, la decisión de usar letras iniciales sin desarrollar estuvo en el aire mucho tiempo. Fue mi hermano quien me animó a ello. Puede resultar lioso, pero la idea era no condicionar y, al mismo tiempo, crear un espacio propio. El pueblo no tiene nombre. Ni las personas. Porque no son nada, son lo que creen que son, y se definen por lo que hacen y sienten. Como sucede en V. de Pynchon. De Sartre, como ya comenté, me influyó la idea que aparece en A puerta cerrada, y que también aparece en un capítulo de House M.D.

 

Sin embargo, una de las mayores fuentes de inspiración ha sido la música. En muchas ocasiones, cuando quería seguir, o estaba atascado en alguna parte, cuando quería recrear una escena y meterme en ella, utilizaba alguna canción para ello. Las escenas más sórdidas y violentas, aunque no fuera física, siempre venían inspiradas por la música de Anna Calvi, especialmente Wolf like me, y en un momento dado, muy importante fue Love won’t be leaving. Su forma de cantar y tocar la guitarra tienen algo de inquietante, y esa inquietud me recordaba a los momentos en los que, de pequeño, me sentaba a mirar a la oscuridad en el campo. La inquietud de lo que de día sabes qué es, y al no ver en la noche se vuelve un miedo atávico. En gran parte, la genial banda sonora de Twin Peaks obra de Badalamenti me sirvió para estar dentro mismo del pueblo. Sus tonos terroríficos, y otras veces oníricos, resultaron fundamentales para dibujar el cuadro en el cual se mueven los personajes. Me encantó escribir la escena en la cual, precisamente, los personajes transcurren como si de fondo sonara The Nightingale cantada por Julee Cruise y escrita por el propio Lynch. También fueron importantes Human de Civil Twilight. Y en especial la canción que siempre inspiró el final de la novela, e incluso su propio desarrollo, Passing Afternoon de Iron & Wine. Porque todos ellos, todos los personajes, como todos nosotros, aspiran a una tarde tranquila, viendo el sol colarse entre las hojas, las del mismo árbol donde antes pasearon otros como nosotros y vinculados a nosotros. La continuidad. La que tenemos en los hijos, y la que tuvieron nuestros padres en nosotros. Y cuando esa continuidad se rompe o se vuelve imposible, se acaba por desear lo que se sabe que nunca se va a alcanzar.

 

Debería agradecer a varias personas el proceso de escritura. Sobre todo por las conversaciones con ellos que me llevaron muchas veces a pensar en escenas y situaciones. De Inma escuché la forma en la cual la rabia puede ser interiorizada y expresada de forma inteligente para que no te devore. Si hay algo de inteligencia en algún personaje a la hora de manejar la vida como drama equilibrado con instantes de felicidad, se lo debo a ella. De Curro, largas conversaciones sobre la propia condición del ser humano, y el haber experimentado en los últimos meses la vida como crueldad, esos momentos en los que no es ya que el destino te dé un golpe, sino que se recree en ello. Y sobre todo la visión descarnada para una vida que es lo que es, y nada más. De Carlos la fe en que el ser humano puede tener ciertos momentos de bondad, y sin esa visión no habría algo de esperanza oculta entre algunas líneas. De mi hermano su inmensa cabeza. Y no me refiero a su tamaño, sino a un cinismo inteligente lleno de recursos.

 

Hay personajes en la novela que podrían parecer reales. Yo mismo. Sin embargo, nadie existe realmente. Podríamos ser todos, yo podría ser A., pero también C., o S., o incluso I. Si alguien se siente identificado es simplemente porque es la novela donde más he profundizado en más personajes diferentes. En las anteriores prácticamente sólo había un personaje desarrollado en profundidad. En ésta hay muchos, todos con sus miedos y complejos. Miedos y complejos que todos tenemos. El miedo a la soledad. El complejo de saber que tal vez tu destino no sea el poder compartir tu vida. El miedo a que se repita aquel día, aquella habitación. El complejo de que los demás observen tu incapacidad para salir de la habitación. El miedo a volver a confiar. El complejo de volver a fallar. El miedo de que se produzcan más fragmentos de pasado. De que la vida no sea al final una elección. Sino una imposición.

Passing Afternoon, Iron & Wine

(*Versión ampliada del artículo aparecido en la Revista Madriz)

No se me enfaden por lo que van a leer. Entiendo que algunos de ustedes como madrileños y españoles estarían contentísimos de organizar unos juegos olímpicos. Que conste que a mí también me parecería fabuloso que Madrid acogiera un evento que, de algún modo, le falta en su caché histórico contemporáneo. Además, las Olimpiadas son de esos fenómenos rancios que aún suenan muy cool. Lo que yo me cuestiono es, ¿pueden ser unos Juegos un paliativo o un extensor de la crisis económica española?

            Resulta inquietante que las dos grandes iniciativas empresariales de gran envergadura que pretenden mejorar la situación económica nacional tengan que ver con el ladrillo. Tanto Eurovegas como los Juegos Olímpicos basarían el primer tramo de su creación de riqueza en una expansión crediticia que permitiera financiar a empresas de la construcción, generando con ello un esperado trasvase de las rentas del trabajo al consumo y reactivando en parte la economía circundante. Del ladrillo vienes, y en ladrillo te convertirás, oh riqueza española. Por lo que parece.

            El primer asunto espinoso para las Olimpiadas en Madrid es que gran parte de las infraestructuras ya están construidas, de modo que el impacto económico de este sector sería menos acusado que aquello que se valoraba hace unos años. En este sentido, lejos de ser una desventaja económica, puede resultar paradójicamente una medida favorecedora. Los Juegos de Múnich (1972) o Atenas (2004), por citar dos casos, fueron un lastre terrible desde el punto de vista económico porque la administración pública tuvo que endeudarse rápidamente y de forma gigantesca para un impacto económico muy concreto en espacio y tiempo. Además, en muchos casos no es tan representativo, como sucedió en las Olimpiadas de Londres donde los Juegos supusieron apenas unos ingresos del 0’1% del PIB nacional mientras que supusieron un gasto del 0’7% del PIB.

Más claro, generas una deuda a muchos años para unos ingresos cuyo pico se sitúa en unas semanas. El dinero con el cual se han pagado las obras y los sueldos no existe literalmente hasta que se produce el evento. Si hay una buena gestión de patrocinadores y empresas privadas como sucedió en Los Ángeles 84, la balanza puede ser positiva. Si no, el desastre puede ser terrible, como en Atlanta 96. Piensen por un momento en el siguiente ciclo: hay una expansión crediticia que, a base de generar deuda, permite pagar las nóminas de un elevado número de trabajadores. El dinero que ellos usan no existe (existen las monedas y billetes que emplean, lógicamente, pero no existe la riqueza que en teoría representan, hay menos riqueza que monedas), porque quienes han financiado todo el proceso esperan ir recuperando la inversión en el evento. Pero, una vez llegado, puede suceder que no se hayan atraído suficientes patrocinadores o que parte del dinero que estos han invertido “desaparezca” (la corrupción en torno a unos Juegos está calculada en un 12%, aunque depende del país claro está). La deuda no se cobra y estalla la burbuja.

En general, se estima que en la mayor parte de los casos las Olimpiadas no han contribuido más allá del 2% del PIB (aunque los casos de Los Ángeles y Londres están incluso por debajo del 0’1%). Salvo cuando ha existido previsión de uso posterior, como en Sídney, casi siempre ha sobrevenido una recesión por efecto valle provocado por un aumento desorbitado de las inversiones y el consumo y una caída en picado tras el evento.

No obstante, según Qingwei Wang y Christian Dick (“The Economic Impact of Olympic Games: Evidence from Stock Markets”), las Olimpiadas no tuvieron efecto económico a medio-largo plazo en Beijing 2008, mientras que en Atenas 2004 el endeudamiento vino agravado por el abandono de las infraestructuras cuyo mantenimiento cuesta 775 millones de dólares al año. Si bien Madrid suele tener experiencia en aprovechar al máximo aquello de lo que dispone, España es experta en generar edificios, aeropuertos, estaciones de tren y otras barrabasadas sin uso ninguno. Pregunten por el Estadio Olímpico de Sevilla (que ni es olímpico ni está catastralmente en Sevilla y casi ni es estadio puesto que no se usa).

El estudio de Wang y Dick también arroja datos interesantes sobre el empleo. En muchos casos, desciende la tasa de desempleo en la ciudad organizadora, pero aumenta en el conjunto del país. Se produce un redireccionamiento de la inversión y de la fuerza de trabajo, pero cuando termina todo lo relacionado con el evento, la tasa de desempleo aumenta en la ciudad organizadora hasta situarse a los niveles nacionales. También es importante notar que algunos analistas relacionan este problema con el hecho de los salarios. En su mayoría, el trabajo vinculado a este tipo de eventos es poco cualificado con un sueldo medio que no permite reabsorber una parte mediante IRPF hacia el Estado, dado que no suelen ser muy altos, ni tampoco generar grandes expectativas de consumo. El problema es que para pagar mejores sueldos habría que a) aumentar el volumen de deuda, b) gestionar eficazmente la inversión privada y c) perseguir al máximo la corrupción.

El caso de Madrid no es fácil de analizar porque gran parte de sus instalaciones ya están realizadas y su proceso ha sido tan longevo que empezó antes de la crisis, continúa con ella y a lo mejor para 2020 hasta hemos salido de la crisis. Ojalá. Por eso ese motivo es posible que, de darse el caso, pudieran ser unos Juegos rentables. Porque gran parte de la deuda ya se generó, ya se está pagando y no habría que generar mucha más. Sin embargo, su candidatura tiene un problema esencial: en un buen número de casos el éxito económico fue relativo ya que las Olimpiadas fueron la excusa para iniciar una mayor liberalización económica. Las de Roma estuvieron vinculadas a la firma de Italia del Tratado de Roma, las de Barcelona con la entrada en la CEE y la convertibilidad monetaria, Japón entró en el FMI y la OCDE, Corea y México liberalización su economía y comercio, y finalmente China acabó aceptando negociar con la OMC. El descaro con el que se ha actuado respecto a Brasil tanto en las Olimpiadas como en el Mundial demuestran que los intereses económicos globales priman sobre las razones deportivas.

            Tal vez ése pueda ser el gran problema de Madrid, que sea más rentable para la ciudad y el resto del país, que para los intereses económicos globales.

Dalí dijo una vez “Picasso es comunista, yo tampoco”. Algo parecido estoy tentado de decir respecto a Hugo Chávez. Me llamó la atención desde el primer momento en el que dio su primer discurso cuando tomó posesión de su cargo como presidente el 2 de febrero de 1999. Su discurso era de una energía propia de los políticos personalistas, demagogos pero a sabiendas de tener el respaldo de una parte importante de la población. Hay que recordar que tanto el referéndum constituyente como la propia Constitución que sacó adelante fueron votados con un 81% y un 71%, respectivamente.

            A partir de ahí comenzó un cambio peculiar y profundo para un país que presentaba unos datos socio-económicos preocupantes cuando Chávez llegó al poder. Decir antes que nada que conozco la situación desde hace tiempo porque he conocido venezolanos chavistas y anti-chavistas que siempre me han dado razones bastante sólidas de sus puntos de vista. La realidad, como se verá, son grises y nunca blancos y negros.

            Vamos primero con las cuestiones sociales y económicas que aparecen recogidas en la OIT, la ONU, y la base de datos pública de la CIA (The World Factbook), datos contrastados con los que ha ido proporcionando el gobierno de Chávez. En 1999 la tasa de pobreza oscilaba entre el 85% y el 87% según la FAO; hoy se sitúa en torno al 25% el nivel de pobreza y del 10’5% la pobreza extrema. Para hacernos una idea, con los mismos indicadores España tiene un 22% de pobreza actualmente. En cuanto al paro, en 1999 era del 16%, siendo actualmente del 6%, aproximadamente. Cuando Chávez llegó al poder el PIB era de 91 mil millones de dólares, siendo en la actualidad de más de 328 mil millones, con una tasa de crecimiento que ha pasado del -6% al 4,2%. La inflación ha pasado del 20% al 27’6%, y la deuda externa se ha triplicado. El índice de desigualdad calculado por el Coeficiente de Gini es de 0’39, mientras que el de España, por ejemplo, es de 0’34 pero tiene una tendencia alcista que se calcula puede llegar al 0’40 (lo cual de ser cierto es una barbaridad).

            Estos son los datos económicos y sociales que arrojan cifras incuestionables: Venezuela ha experimentado un impulso gigantesco durante la etapa de Chávez. Ahora bien, ¿es sostenible este crecimiento o ha hipotecado el futuro del país? Veamos. Dados los principios de la “revolución bolivariana” que auspiciaba el programa político de Chávez, era normal que se esperara un colapso económico a medio plazo. La supervivencia del país, tras la huelga petrolera (diciembre de 2002-febrero de 2003) parecía complicada llegando a generarse una recesión económica terrible. Sin embargo, las previsiones del FMI fallaron y tras el final de la huelga el país creció a un ritmo endiablado apoyándose en un único pilar: el petróleo. Esto provocó que el hundimiento de los precios del petróleo a finales de 2008 trajera al año siguiente una nueva recesión de la que salió en el segundo trimestre de 2010. En plena crisis mundial, la economía venezolana creció  a un ritmo de entre un 4’2 y un 5’6%.

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¿Cómo ha sido posible? Es evidente. La economía venezolana y el programa de reformas de Chávez se ha basado en un “fraude exitoso”. El control de la PDSVA (la empresa nacional petrolífera) ha permitido financiar un crecimiento económico artificial manifestado en su creciente y elevada inflación, lo que puede acarrear una espiral de deuda y una crisis en la balanza de pagos. Ahora bien, para que este escenario fue necesariamente pesimista debería desatarse una crisis petrolífera de grandes dimensiones que podría hundir la economía no sólo de Venezuela sino de otros tantos países, incluyendo a aquellos a los que suministra.

            Los escenarios económicos vinculados al petróleo han sido ciertamente peculiares durante la era chavista. Pero la caída de precios que se experimentó en esas fechas pudo ser paliada con un rápido crecimiento porque el nivel de deuda pública de entonces era relativamente bajo. En 2011 se incrementó el gasto público y consolidó su crecimiento apoyándose, no obstante, en la construcción, que ha crecido un 22% en los dos últimos años. La inversión en construcción, sobre todo de viviendas en un programa de protección social, junto a inversión pública sitúa a su economía en un escenario de riesgo, lo que no implica que no sea sostenible. Otros sectores como el servicios, las comunicaciones o la minería han ido creciendo más rápidamente que el PIB total. El problema es que otro sector importante, el de las manufacturas, “sólo” crece al 3’8% y tiene síntomas de estancamiento (representa además el 14% de su PIB).

            La gran ventaja con la que cuenta el país es que su deuda no es especialmente alta, de un 45’5% del PIB según el FMI (un 25’1% según el gobierno de Venezuela), pero, en cualquier caso, muy lejos por ejemplo del 82’5% de media de la UE. Ahora bien, dado que las exportaciones venezolanas dependen en un 95% del petróleo, y éste es sector público allí, al medir el interés como porcentaje de los ingresos por exportaciones públicas se obtiene que estos fueron del 3’4%, pudiendo llegar al 4-5% en estos años. No es mucho, en realidad. La deuda pública interna fue de tan sólo el 11’4% del PIB, teniendo un amplio margen de endeudamiento llegado el caso de un proceso recesivo coyuntural. No parece, pues, que pueda darse un escenario económico de colapso en un plazo medio.

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            En la deuda es en donde más interés (nunca mejor dicho) tiene el gobierno de EEUU porque el gran sostenedor crediticio de Venezuela es el gobierno chino. Este cambio de aliado estratégico es el que más preocupa a Washington. China ha prestado al gobierno chavista cerca de 36 mil millones de dólares, de los cuales aún debe 22 mil, aproximadamente, pero a un interés muy por debajo de los créditos internacionales. Esta alianza estratégica crediticia depende de la solvencia china, pero mientras se dé, Venezuela puede tener las espaldas guardadas en caso de tener que endeudarse para sostener el crecimiento por deuda pública.

            A pesar de todo, el país tiene tres problemas fundamentales que ha generado la propia inercia del modo de hacer política de Chávez. No es tanto la enorme dependencia del petróleo dado que según el U.S. Geological Survey Venezuela tiene potencialmente 500 mil millones de barriles de petróleo y el precio del mismo tiene una tendencia general alcista.

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            En realidad los tres problemas a los que se enfrenta Venezuela ahora mismo, y que interesan porque pueden tener repercusión internacional a nivel económico (España es un país con enormes intereses estratégicos empresariales en la región) son la generación de un Estado Clientelar paralelo, la inflación que puede generar problemas serios de suministro que ya se han dado y la falta de inversiones privadas.

            Empezando por lo último, la llegada de Chávez al poder se acompañó de una creciente fuga de capitales a los que la política de nacionalizaciones no ha ayudado. Es más, durante 2011 y parte de 2012 se aceleraron las trasferencias al extranjero. Aunque aún no ha afectado a su balanza de pagos, si no pone freno a ello puede volverse un problema serio en el próximo lustro. Resulta paradójico en un modelo económico en el cual el 90% de los ingresos de divisas los recibe el Estado, lo que le permitiría realizar controles de cambio más eficaces y atractivos. Entre los motivos por los cuales aún no se ha llevado a cabo una política cambiaria de este tipo es que la situación política polarizada trae consigo que haya desplazamiento de dinero fuera del país más por motivos políticos que por inversiones. Además, la situación de inestabilidad del último año ha generado en Venezuela la idea de que, tarde o temprano, se va a proceder a devaluar la moneda sin motivo aparente, lo que ha traído consigo una aceleración de esa fuga de capitales.

            Esto guarda relación con el modelo de Estado generado a raíz de las prácticas políticas de Chávez. La polarización política, sin entrar a juzgar a “buenos” o “malos”, ha traído consigo una creciente necesidad del aparato estatal por controlar la información y, por otra parte, su control sobre la principal fuente de ingresos del país, el petróleo, le permite afrontar un modelo evergético. Emerge así el Estado Paternalista que otorga parabienes a sus ciudadanos exigiéndoles a cambio muy poco. Chávez era un emperador en el sentido romano del término en la medida en la cual utilizaba la caja pública para acrecentar su figura y crear vínculos de dependencia. Dones agonísticos que el votante agradecido devuelve en forma de veneración. Todos salen beneficiados a corto y medio plazo: mejoran los servicios públicos y el gobernante mantiene su poder.

            ¿Supone esto un deterioro democrático? En términos liberales, obviamente. Ahora bien, ¿es mala la gestión de los recursos? En comparación con etapas anteriores, no. Si se observa la necesidad de reorientar las inversiones económicas, sí. Se ha mejorado en un período de tiempo acelerado lo que habría exigido un proceso más pausado con el fin de crear la sensación de que existe un maná inagotable. Esto oculta unos altos niveles de corrupción disfrazados por la lluvia de petrodólares. Es posible que exista una relación entre el aumento de la violencia y la construcción de este Estado Clientelar. Siempre que surgen este tipo de modelos de capitalismo expansivo devuelto mediante regalías a la ciudadanía, se generan para-estructuras de tipo mafioso que tienen reciprocidad con el Estado. De hecho, actualmente el número de homicidios por cada 100 mil habitantes es de 52, más del doble por ejemplo que México (22).

            Los nuevos gobernantes, sean del partido que sean, tendrán que enfrentarse a un riesgo de inestabilidad en el caso de querer desmontar este aparato. De hecho, puede ocasionar a medio plazo un problema mucho más grave que el económico en el caso de que el número de estructuras vinculadas a la Economía del Mal (usando una expresión del profesor Alfonso Álvarez-Ossorio) crezca hasta amenazar con fagocitar al propio Estado, o no existan recursos para satisfacerlas.