En El Sistema de Mercado, Charles Lindblom señala cómo el capitalismo (entendido de forma genérica, para más precisión acerca de las diferentes formas de capitalismo, véase entradas anteriores) y la democracia no van necesariamente unidos. Es más, determinadas formas de capitalismo, especialmente aquél que tiene que ver con la deconstrucción del Estado y la aplicación de medidas en la base del neoliberalismo de Hayek y Friedman, solamente son posibles bajo la existencia de una situación concreta. Ésta no es otra que la basada en una política del miedo (a la ruina económica, a la guerra, a un enemigo externo o interno) bajo cuyo amparo todo recorte en derechos civiles o en prestaciones sociales y servicios públicos es posible. Sin embargo, el problema de este modelo de capitalismo (y recalco, de este modelo de capitalismo ya que existen muchos; el propio Marx distinguió en El Capital hasta 17 clases sociales y nosotros apenas hablamos de dos o tres) es que no funciona. Otros sí han demostrado funcionar, y quiero dejar claro que a continuación no voy a criticar todo el Capitalismo como modelo económico sino tan sólo el neoliberal. Tal vez algún día me aventure y analice cómo incluso el comunismo no es más que una forma de capitalismo comunitario donde la economía de prestigio se encuentra mucho más presente que la de mercado, acercándose así a un sistema parecido, por ejemplo, al de ciertas economías de la Antigüedad, con peligro de caer en oclocracia.
Las medidas de "ajuste" (popularmente llamadas recortes) del gobierno español no funcionan. Ni van a funcionar. Todo recorte, y esto es un principio fundamental, provoca una contracción de la economía. Prueba de ello es que la inercia actual es la de recesión creciente-depresión en la práctica, y siguen dándose indicios de ir a peor. No son medidas que no se hayan experimentado antes. Las promesas de Friedman y de los llamados Chicago Boys en el Chile de Pinochet, por ejemplo, se basaban en la idea de que el libre mercado absoluto corregiría los problemas de crecimiento. Para ello se privatizaron numerosas empresas, se recortó el gasto público en un 10%, se eliminaron las restricciones arancelarias, y se eliminó el control de precios. No sé si les suenan estas medidas. Dado que las medidas no funcionaron (la inflación se situó en un 375%), al año siguiente y siguiendo las recomendaciones de Friedman (padre activo de las medidas que se están aplicando por si alguien no lo conocía) se recortó aún más el gasto público en un 27% bajo la idea de que los trabajadores públicos no eran necesarios y serían absorbidos por el sector privado. Sergio de Castro, un Chicago Boy aventajado, privatizó más de quinientas empresas y despidió a cientos de miles de funcionarios hasta dejarlos en la mitad de los que había dos años antes.
Por si el ejemplo de Chile puede parecernos poco (como es una dictadura muchos dirán que no puede parecerse a nuestro país), veamos qué sucedió en otro país con dictadura y en otro convertido en democracia. En el primer caso, Argentina, el neoliberalismo situó a Martínez de la Hoz como hombre de los milagros. En unos años privatizó y vendió numerosas empresas estatales, disolvió los sindicatos de todo tipo, fomentó el despido libre y se permitieron nuevas formas de especulación financiera para cubrir las diferencias de clase mediante la deuda. Esto último es muy importante ya que responde precisamente al modelo empleado en Europa en los últimos treinta años. La deuda compensa la desigualdad creciente para permitir que el crecimiento se siga produciendo. Es la única manera de introducir riqueza sin que ésta siquiera exista. Ése ha sido el esquema de Capitalismo Simbiótico empleado por Alemania para costear su unificación. El modelo económico alemán se basa, al contrario que el español, en un mayor número de exportaciones que de importaciones. Para ello, buscó países como España o Grecia cuya situación fuera la contraria. La paradoja de este modelo es que, al ser una balanza deficitaria, los alemanes nos prestan el dinero con el cual luego compramos sus coches.
Por simplificar el asunto. Esto tiene un límite y para alargar la llegada a ese límite, se reducen, por ejemplo, los salarios un 20%. No se hace directamente, para evitar un ataque directo a todos los trabajadores, sino a través de una reforma laboral que lleva a los trabajadores a negociar directamente con el empresario, sin contar con la fuerza de ninguna organización detrás. Con una tasa de desempleo como la actual y con serios problemas de sobrecualificación, es el que te paga quien tiene la sartén por el mango. O aceptas la reducción, o puerta. Una medida como ésta fue ya adoptada en Argentina por Martínez de la Hoz en los 70 (durante la Junta Militar), con el resultado de una pérdida de un 40% del valor de los salarios, el cierre de fábricas (si un trabajador no tiene con qué comprar, no se vende y, por tanto, no se produce). En menos de dos años el país pasó de una tasa de pobreza del 9% a casi triplicar esta cifra.
La deuda fue también un recurso que se utilizó en el último ejemplo que quería utilizar para ejemplificar por qué no van a funcionar las medidas del gobierno. En Polonia, la victoria de Lech Walesa y Solidaridad en las elecciones de 1989 parecía abrir un lugar magnífico para la experimentación de estas ideas. Fundamentalmente porque Solidaridad no tenía ningún plan a seguir y porque no había ningún tipo de cultura de consumo anterior y cientos de empresas estatales. Podían aplicarse, pues, estas mismas medidas para demostrar, en su pureza, su eficacia. Para ello se recurrió a Joeffry Sachs, quien ya había actuado, entre otros países, en Bolivia con nefastas consecuencias. Su Plan contemplaba, nuevamente, recortes presupuestarios, privatizaciones y venta de todas las empresas estatales, con despidos masivos del aparato funcionarial. En su caso, además, se introdujo un elemento que se asemeja al caso griego o español: reconversión industrial de industria pesada a bienes de consumo (en lugar de aumentar la inversión en investigación y desarrollo tecnológico para hacer la economía más competitiva como sí hizo Alemania). De esta forma se creaba un tejido laboral de escasa cualificación.
El resultado de estas medidas ha sido en todos los casos (podría citar cinco o seis países más repitiendo el mismo modelo) nefasto. En Chile una familia pasó de invertir un 17% de su sueldo en bienes de primera necesidad a invertir un 74%, lo que conllevó una drástica reducción del consumo y, por tanto, un aumento del cierre de empresas, más despidos, etc. La economía se contrajo un 15%, subiendo el paro del 3% al 20%, llegando al 30% al final del ciclo económico. La deuda privada de las empresas que habían entrado en el país supuestamente para levantar la economía alcanzó los 14 mil millones de dólares, una deuda que recayó en las arcas públicas, al igual que sucedió en el caso argentino, cuando volvió la democracia. Es decir, al no funcionar las medidas, hubo que inyectar dinero del Estado en empresas privadas. En los 70 y 80 era la industria, en los 90 y el siglo XXI es la banca. Por si a alguien aún no le quedan claras las similitudes. El "milagro chileno" se basó en la fuente constante de fondos públicos que generaba Codelco, la empresa estatal de minas de cobre que proporcionaba un 85% de los ingresos por exportación. En Argentina ya hemos visto las catastróficas consecuencias que tuvo, con una deuda que tuvo que ser pagada durante la etapa democrática mediante un modelo artificial que desembocó en una nueva y terrible crisis. En Polonia, el desempleo se disparó con estas medidas llegando al 25% (en España se prevé alcanzar esa cifra para 2013, aunque la medición es irreal por la existencia de enormes bolsas de trabajadores sin contrato) situando al 40% de los jóvenes en el paro. El 59% de la población seguía viviendo por debajo del umbral de pobreza en 2003.
Gran parte de este modelo fracasado se basa además en la presunción del déficit como causa de crisis y no como consecuencia. El déficit (el resultado, para decirlo en pocas palabras, de tener menos ingresos que gastos) es un instrumento de inversión para fomentar el crecimiento. No causa por ello una crisis económica. Ha sido precisamente el crecimiento y la necesidad de crecimiento desmesurado lo que nos ha llevado a esta situación. Es cierto que las inversiones públicas han gozado de un despilfarro formidable, en casi todas las comunidades gobernadas por diferentes partidos. Pero no es menos cierto que sin inversión pública la economía corre el riesgo de contraerse como, de hecho ya está sucediendo. Es falso que no haya dinero, lo que no hay es valor para invertirlo en el crecimiento del país en lugar de emplearlo para cubrir la deuda privada (la pública no es tan elevada en España como para suponer un problema). Nos dicen que, por ejemplo, si no pagamos los intereses de esa deuda (superiores a lo que cuesta el sistema público de empleo) no nos prestarán dinero. Falso, ya ha sucedido en España y en otros países y se ha seguido prestando. Nos dicen que si nacionalizamos empresas no vendrán a invertir. Falso, y si no que le pregunten a Repsol, que fue parcialmente nacionalizada en varios países de Latinoamérica donde sigue invirtiendo.
Lo que no hay es un plan ideológico que se imponga al económico y tome, de verdad, las riendas de la situación.




